El efecto Pigmalión y la Selección.

El efecto Pigmalión consiste en conseguir algo debido al impulso de creer que es posible conseguirlo.

La autocreencia de que es posible conseguir un objetivo hace mucho más viable la consecución del objetivo. Tiene su origen en la mitología griega, como otras muchas buenas historias.  Pigmalión, un escultor griego, se enamoró de una de sus esculturas, llegando al punto de tratarla como si fuera una persona real. Después de un sueño, Afrodita convirtió en alguien real dicha escultura. Se llama Efecto Pigmalión, ya que él superó lo que esperaba de sí mismo al crear una escultura tan perfecta que llega a enamorarse de ella.

Hoy, que la selección de fútbol se juega su pase a la final de la Eurocopa, recordamos el partido quizá más emocionante de los últimos años, el que cambió la mentalidad de la Selección. Una selección que tradicionalmente caía en la ronda de cuartos de los grandes campeonatos, se enfrentaba a Italia, una selección que parecía a un nivel superior, casi intocable.

El partido terminó empatado. España había jugado como nunca, pero… al menos se había salvado de la habitual derrota. Y llegaban los penaltis, en los que todos pensamos que iban a ser la despedida de la selección del campeonato. Comenzaron marcando Villa y Cazorla. Casillas paró el segundo lanzamiento de los italianos, y Senna amplió la ventaja de España. Sin embargo, Güiza falló su lanzamiento, y comenzamos a pensar que era el comienzo de la remontada de Italia, de la historia de siempre.

Pero dos jugadores estaban convencidos de poder cambiar la historia. Casillas paró el siguiente penalti de los italianos, y de repente nos vimos todos rezando para que Cesc metiera su lanzamiento. Si entraba, España habría pasado de cuartos. Un objetivo que parecía inalcanzable, una barrera mental pero que casi podíamos tocar y sentir con las manos.

Así que Cesc cogió el balón, dijo unas palabras para sí, dio diez pasos hacia atrás y, decidido, comenzó una carrera hacia el esférico, que golpeó decididamente, sin una sola duda. Cesc sabía que el balón iba a entrar nada más cogerlo en sus manos. Él creía.

Corrió hacia la grada repleta de españoles vestidos de rojo. Solo entonces entendimos que sí, que aquel objetivo se había conseguido. Gracias a aquellos dos irreverentes españoles, que lucharon contra las ideas preconcebidas, que no quisieron entender las normas, todo un país creyó que no había límites.

Hoy, cuatro años después, las semifinales parecen un objetivo sencillo, alcanzable. Que fácil nos acostumbramos a las cosas buenas. Pero… esta sensación no hubiera sido posible sin que un grupo de personas pensara que sí, que ellos son capaces de amar una estatua de piedra como si fuera alguien real.

 

Más coaching en la Universidad.

El pasado viernes tuve la suerte de poder compartir un par de horas con los alumnos del Master de Dirección Integrada de Proyectos de la Universidad Politécnica de Madrid. Dos horas en las que estuvimos charlando de coaching, de lo que es y de lo que no es, de cómo poder utilizarlo en la gestión de personas y en el autoconocimiento.

Quisiera desde aquí dar las gracias a todos los asistentes por el interés mostrado y por el respeto que recibí hacia todo lo que allí comentamos. Hay veces que uno habla de coaching y ve en las caras de los que escuchan que nada de lo que está diciendo va a quedarse en el cerebro más que unos segundos. Y hay ocasiones en las que se nota que lo dicho está calando, que está siendo útil. El viernes fue una de esas ocasiones. Y quisiera daros las gracias a todos! Es un privilegio poder enseñar coaching en la Universidad, y una suerte poder hacerlo a gente interesada en ello! El coaching debe ser útil, y el viernes sentí que lo estaba siendo. Gracias por al confianza!

Y.. doble privilegio el saber que los alumnos del año pasado no se han olvidado aún de mi!

Gracias a todos por vuestro interés. Si necesitas cualquier aclaración o cualquier ayuda, no dudéis en escribirme a jorgeviejo.coaching@gmail.com . Ahí estaremos para lo que necesitéis. Gracias!

Romperlo todo.

En un lugar del pasado, la ciudad A y la ciudad B eran vecinas. Comerciaban juntas y, en cierta medida, dependían una de la otra. En esta relación de vecindad, como sucede en todo el mundo, surgió una competitividad. Ambas pretendían ser mejor que la otra, e intentaban superarla en todas las facetas posibles. Una vez al año, el alcalde de la ciudad A viajaba a la ciudad B, protocolariamente, para mantener las buenas formas y la relación de buena vecindad. Al año siguiente, la visita era devuelta por el alcalde de la ciudad B.

Cuando el alcalde A visitaba la ciudad B, su alcalde le mostraba la prosperidad de la ciudad. Le enseñaba el progreso conseguido, le hacía visitar los mejor lugares, le invitaba a los mejores manjares. Le mostraba el silo donde guardan los víveres para el invierno, las pieles que utilizarían durante el resto del año, las nuevas embarcaciones que habían ideado. Todo con el afán de mostrar lo mejor de su propia ciudad, de impresionar a su contrincante y vecino.

El momento cumbre llegaba al final de la visita. Cuando el alcalde A estaba ya dispuesto para marchar de vuelta a su ciudad, saciado de comida y bebida, agasajados los ojos, el alcalde de la ciudad B daba el toque final: quemaba todo lo que le había mostrado. Sus reservas para el invierno, sus mejores pieles, sus nuevas construcciones, sus embarcaciones más modernas. Todo ardía.

El alcalde de la ciudad A llegaba a su ciudad, y aún aturdido por lo que acababa de ver, comenzaba a  preparar la visita del alcalde de la ciudad B del año siguiente, con el afán de superarle, tanto en calidad como en cantidad. Arengaba a su pueblo para tener más grano, mejores víveres, embarcaciones más grandes… Todo debía superar lo visto en su reciente visita a B, y todo ardería.

Visto racionalmente, esta actitud de ambas ciudades es absurda, puesto que ambas pasaban penurias durante todo el año, ahorrando lo mejor de cada partida para el momento de impresionar a sus vecinos. Pero para ellos todo merecía la pena por el momento de mostrase superiores a sus vecinos, de mostrarles que no les importaba despreciar lo mejor.

Algo similar sucede cuando una estrella de rock rompe su guitarra en el escenario. Nos está diciendo: “Ey! Tu ahorras un año para comprarte una guitarra como esta? Yo destrozo una cada noche”.

Qué nos pasa? Para qué necesitamos hacer ver que no necesitamos cosas que necesitamos? Realmente es preferible renunciar a esas  necesidades a hacer creer a otros que no las tenemos?

Tenemos todos esa necesidad de sentirnos superiores a los demás? Y.. no solo eso, si no… mostrárselo? Decírselo bien alto?

 

Nuestra parte mala

Seguramente, la historia del Dr Jekyll y Mr Hyde es de las más conocidas de la literatura universal, aunque seguramente sea de los libros menos leídos.  Ha conseguido trascender al imaginario colectivo, y en parte es una pena, ya que se pierde la capacidad de sorpresa de la historia al leerla. Debía ser una gozada leer la historia sin conocer el desenlace. Por supuesto, aqui lo voy a destripar…. Sirva como aviso!

El Dr. Jekyll está convencido que todos tenemos una parte buena y una mala dentro de nosotros, y ha inventado la fórmula para poder separar ambas partes. Gracias a una poderosa droga, Jekyll, hombre rodeado de virtudes, se convierte en Hyde, su mezquina parte escondida. Los personajes son maniqueos: Jekyll es la esencia de la virtud, Hyde es el compendio de todos los males.

El doctor puede elegir la personalidad que desee tener, solo deberá elegir la cantidad necesaria de su fórmula para variar de estado. Y lo curioso de la historia es que Jekyll desea ser Hyde. Jekyll, un doctor reputado, respetado, querido por sus amigos, necesita sentirse Hyde, necesita que su parte mala, su mitad malvada, en la que acumula los odios y los bajos instintos, salga a la luz, campe a sus anchas. Jekyll lo necesita, y, aunque sabe que Hyde provoca altercados y destrozos en su vida, promueve el que esa parte no quede escondida dentro de sí mismo.

Al final de la historia Jekyll se da cuenta de que su droga se está terminando, e intenta encontrar más. Tiene dificultades para conseguir una nueva remesa de la fórmula exacta, y finalmente solo le queda una dosis. Debe elegir qué personalidad de las dos debe mantener hasta que encuentre la nueva fórmula. Y… decide elegir seguir siendo Hyde mientras espera. Hyde tiene ganas de vivir que Jekyll, Hyde tiene una mayor vitalidad. Siendo la parte negativa del Doctor, tiene más interés en la vida que el propio Doctor.

Somos todos como Jekyll? Deseamos sacar nuestra parte mala a pasear? Es nuestra parte mala la que nos empuja a seguir viviendo?  Nos sentimos todos bien cuando hacemos el mal? Mejor incluso cuando hacemos el bien?

En este caso no soy yo el que va a responder a estas preguntas. Me gustaría saber vuestras opiniones!